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El secreto

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El ritmo de la lluvia lo marca un señor con frac y sombrero de copa y zapatos de claqué. Baila en un local de mala muerte cuya dirección no puedo revelar —los escritores no pueden decirlo todo—, ante un público fumador, bebedor y canalla en general.  Cuando el bailarín aumenta su zapateado, puede oírse la lluvia afuera, cada vez más intensa, y el público palmea en las mesas cada vez más fuerte y rápido, hasta que disminuye el ritmo y poco a poco los fumadores, bebedores, canallas en general, se aplacan. Después el danzante se queda como muerto en el escenario, la mirada perdida, sentado sobre las tablas como si no fuera a levantarse nunca más.  Afuera sale el sol. Cerramos los paraguas y decimos: «Parece que ha dejado de llover. El tiempo está loco. Ya no sabe uno qué ropa sacar». Etc.  Los niños salen a la calle. El vecino de arriba saca a pasear al perro. La abuela se asoma a la ventana.  Y allá en ese local de mala muerte cuya dirección no puedo revelar, el bailar...

Meritocracia

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No es fácil ser una anguila. Llegar a serlo ya es bastante difícil: las probabilidades de pasar de angula a anguila son cada vez menores. Y si se logra alcanzar el estado adulto, aún queda toda una vida de miedo y sobresaltos, siempre huyendo de los depredadores, todo para morir sin ver crecer a ninguno de tus nueve millones de hijos.  Por eso me puse a estudiar. Me presenté a todos los exámenes de promoción interna y después a los de cambio de especie y por último a los del Cuerpo Superior de Monstruos Primigenios. Ahora soy Ang-il-láh, el dios aberrante y enloquecido que habita en lo más profundo de los ríos y pantanos. Es un trabajo de responsabilidad, sí. Pero antes me comías y ahora te como yo. Hay una diferencia. Eso y que en Miskatonic me dediquen un curso de doctorado. Yo veo la cara de mis nueve millones de criaturas cuando me miran y pienso que todos mis esfuerzos han merecido la pena.