El secreto




El ritmo de la lluvia lo marca un señor con frac y sombrero de copa y zapatos de claqué. Baila en un local de mala muerte cuya dirección no puedo revelar —los escritores no pueden decirlo todo—, ante un público fumador, bebedor y canalla en general. 

Cuando el bailarín aumenta su zapateado, puede oírse la lluvia afuera, cada vez más intensa, y el público palmea en las mesas cada vez más fuerte y rápido, hasta que disminuye el ritmo y poco a poco los fumadores, bebedores, canallas en general, se aplacan.

Después el danzante se queda como muerto en el escenario, la mirada perdida, sentado sobre las tablas como si no fuera a levantarse nunca más. 

Afuera sale el sol. Cerramos los paraguas y decimos: «Parece que ha dejado de llover. El tiempo está loco. Ya no sabe uno qué ropa sacar». Etc. 

Los niños salen a la calle. El vecino de arriba saca a pasear al perro. La abuela se asoma a la ventana. 

Y allá en ese local de mala muerte cuya dirección no puedo revelar, el bailarín mueve un pie. 

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